Fumando espero…

enero 31, 2011

*Por César Román

No soy fumador, ni ex fumador, ni nada por el estilo, pero la Ley Antibaco me parece una de esas tonterías que los políticos sacan, para desviar la atención del personal de lo realmente importante. A eso algunos les llaman leyes biombo, otros cortinas de humo, y los más, la última tontería del inútil que nos malgobierna.  Y parecen casualidades, pero no lo son. El mismo día que empezaba el juicio del Caso Juan Guerra, el PSOE sacó aquella campañita famosa del póntelo, pónselo. La iglesia entró como un miura al que enseñan el trapo, y se lió la de Dios. Mareas de tinta para discutir si te lo ponías o te lo quitabas, si era mejor la marcha atrás, el capuchón o hacerlo a pelo. Y mientras tanto, Juan Guerra, se relamía sus heridas en un juzgado sevillano y en alguna pequeña esquina de los periódicos. Eso sí, lo hacía en el silencio que le había proporcionado el no tener hueco en las páginas de los periódicos, ocupadas por condones y explicaciones sesudas de “expertos” en esto de la eyaculación.

En plena crisis económica, con unas tasas de desempleo insoportables, con familias en la desesperación de la penuria, con padres y madres que tienen que abandonar sus casas desahuciados por no poder pagar la hipoteca, con cientos de pymes cerrando todos los días ¿de qué hablamos en los bares?: de si fumamos o no fumamos.  No me dirán ustedes que no son eficaces estos chicos del marketing, la publicidad y la mercadotecnia.

Pero es que lo mejor del asunto, es que cada vez que afloran una de estas ideas magistrales para desviar la atención del personal, tiene contraindicaciones y nos cuesta un ojo de la cara. En su día, la campaña condonera costó un quintal a las arcas públicas. Que digo yo, que a lo mejor hubiera estado mejor utilizado para mejorar la Sanidad, crear algunos puestos de trabajo o construir alguna guardería pública. Pero no, lo prioritario era el látex, que lo que yo propongo son cosas subsidiarias, debieron pensar las mentes preclaras que dirigen nuestra nación. Al igual que entonces, la campaña del fumeteo cafeteril, está costando puestos de trabajo, una caída en las ventas de los hosteleros, y un sinfín de problemas que pueden evaluarse en términos económicos. En plena crisis económica ¿no es lo prioritario el mantener y crear puestos de trabajo, y facilitar la actividad empresarial? A lo mejor soy un idealista, no lo sé, pero me da en la nariz, que lo importante ahora no es el pitillo, sino el bolsillo.

Los argumentos para defender la ley son como las cajas de pastelitos: variados, para todos los gustos y bien presentados, pero que no sirven para saciar el hambre. El argumentario oficialista nos dice que con esto logramos no salir de los bares oliendo a humo, ni nos moriremos dentro de veinte años con un cáncer de pulmón o de garganta, y los camareros dejarán de ser fumadores pasivos. Lo que no nos dicen, es que hay cientos de parados que darían un riñón por un puesto de trabajo en el que salieran oliendo no a humo sino a ollín, y que los camareros que pierdan sus puestos de trabajo por la dichosa ley, estarán más sanos, pero pobres. Primero dame pan, que luego ya hablamos de lo metafísico, pensarán todos ellos.

Nuestra clase política sigue instalada en su torre de marfil, alejada de lo que les pasa a los ciudadanos. Legislan desde el más allá, mientras en el más acá, las pasamos canutas por su manifiesta incapacidad. Pisan moqueta, cuando lo que tendrían es que pisar calle. Andan en coche oficial, cuando muchos no se ganan ni un billete de autobús. Cobran dietas y buenos sueldos, mientras nos dejan migajas y sin sustento. Por eso, aunque no he fumado nunca me encenderé un cigarro, y cantaré aquello de… “Fumando espero… que se vaya Zapatero”.

*César Román es .


La última “gilipollez” en el Senado

enero 31, 2011

*Por Pablo Ansede Espiñeira

En la política española la capacidad de sorpresa no tiene límites conocidos por los ciudadanos de a pie. Es posible prepararse pero siempre te acabarán sorprendiendo con las decisiones que toman y en el momento histórico que ocurren. Ahora nos imponen traductores en el Senado. Sus propias fuentes informan que el coste de cada sesión con traducción simultánea será de 11.950 euros, en medio de esta crisis. Mientras, cerca de un millón de familias españolas caídas en la pobreza comen gracias a la atención de las diversas Beneficencias. Aparte de la ridiculez del asunto no hay que olvidarse de lo que nos cuesta.

El disparatado proyecto de los traductores evidencia la falta de mesura e intelecto y eleva a su máximo el ridículo del despilfarro. Tenemos una lengua común, según la constitución es un deber conocerla y sin embargo les pagaremos traductores a quienes tienen la obligación de dominarla. El Parlamento debería estar para parlamentar y conversar en la lengua común sobre el bien común de la ciudadanía. Van a tener en nómina a unos cuantos traductores, por fin alguien en el Senado currará de verdad. No beneficiará esto a los votantes de los senadores que hagan uso de traductor, es más me pregunto si se llevarán el traductor cuando vayan a la cervecería de al lado, que sin duda alguna será donde más tiempo estarán algunos, o en que idioma hablarán al camarero. Aunque teniendo en cuenta la importancia vital de esta cámara en nuestro país, quizás no necesiten ni entenderse y puedan ahorrarse semejante patetismo.

En mi modesta opinión, todas las lenguas del Estado se merecen un gran respeto,  como elemento de identidad de un pueblo. Estas no tienen precio. Podríamos entenderlo una vez al año como simbología de nuestra nación plural, pero con la que nos está cayendo encima, cuando hay más de cuatro millones de personas en el paro y muchas más que no llegan a final de mes debido a la gran crisis económica, resulta una gran tomadura de pelo y una burla al personal que paga sus impuestos o no tiene para pagarlos por culpa del derroche de estos que les mal gobiernan. Estos son los mismos que en otros aspectos (pensiones, sanidad, educación, ayudas asistenciales) nos aprietan el cinturón y luego ellos todos los días nos sorprenden con continuos despilfarros que nada se ajustan a los planes de austeridad que propugnan.


Crisis grave en España, la máquina de imprimir billetes

septiembre 29, 2008

Por Rafael del Barco Carreras

Bush remite al Congreso su Plan Anticrisis. Al rojo vivo las impresoras. La llamada en España “Fábrica de la Moneda y Timbre”. El invento base del desarrollo de los últimos dos siglos, en principio sujeto al oro, acabó siendo jauja para toda clase de gobernantes. Las armas y la maquinita,  la conquista de cualquier soñador de Poder. Y si controlar las Armas, los ejércitos, es uno de los grandes avances de las democracias, lo de la maquinita resulta más oscuro. En realidad uno de los síntomas de más o menos Democracia reside en la descontrolada y desaforada arbitrariedad con que los gobiernos utilizan tan fácil sistema de crear papel-dinero. Un espejismo, comprobado por la infinidad de monedas que han perdido su valor. Por el mercado del libro usado de San Antonio, o sellos de la Plaza Real, recuerdo los billetes alemanes estampillados multiplicando su valor facial, y en el presente, amontonados en cajas de zapatos, de  casi todos los países de África, Asia, América y Europa del Este, es decir, de todo el Mundo.

En España, hasta el Euro, la maquinita regaba los Presupuestos Generales, los créditos extraordinarios y el Sistema Financiero. Nunca faltaba dinero para cualquier pasteleo político. Ni planes ni discursos para emisiones extraordinarias por crisis, que en tiempos del desarrollismo franquista se daba cada año, cubierta en teoría en verano por la cosecha, los turistas, y la inflación y depreciaciones. Cada “euforia y freno” disparaba el precio del dinero hasta alcanzar el interbancario el 50% a medianos de los 70. Desde el Consejo de Ministros, presidido por el Dictador y después por el Presidente de turno, se libraban créditos extraordinarios (o variadas y complejas definiciones de soltar billetes) que el Banco de España, abastecido por el Tesoro (la maquinita), cubriría. Tantos créditos que a menudo en los próximos Presupuestos Generales del Estado ya no cabía un duro más, de hecho todo posible ingreso estatal ya había sido gastado. Magnificaban las entradas, aumentaban los impuestos, convertían en bueno o malo los déficit o superavit, y hasta el próximo año.

Y si antes del euro el mercado se abastecía de todo el billetaje necesario para usos y abusos, inversiones y desfalcos (inflación al borde del Corralito Argentino), ahora que Zapatero no puede actuar como Bush,  que acude al Congreso (mayoría demócrata) para emitir y controlar (y el día 26 el Presidente  por disidencias políticas paraliza el Plan Anticrisis),  se sigue a golpe de dictak, hasta que reviente el Banco de España o todo el Sistema Financiero Español.

El euro, que pretendía ordenar la arbitrariedad dictatorial del abuso de la maquinita (los europeos no tenían ni idea de la tortuosa y corrupta capacidad de la clase dirigente española para asirse a la ubre del dinero), obligó a tan rocambolescas operaciones financieras a través de bancos y cajas, capaces de endosar sus inventos al Sistema Financiero Europeo o BCE, que disparadas las alarmas por las hipotecas basura,  resulta que el Sistema Financiero Español rebosa porquería por todos sus poros, sin ningún FBI que visites cajas y bancos interesándose por los tan peculiares créditos a las inmobiliarias con las que forman bloques monolíticos. La en teoría Inspección del Banco de España conocía perfectamente el enredo por la Central de Riesgos y la inspecciones, o sea, formaba parte del sainete.

Hay quien aconseja o clama por la vuelta a la peseta, y sin dilación recuperar el total mando de la maquinita, y otros aseguran que la Europa del Euro para regularizar el inmenso agujero español deberá excluirla de la Moneda Única. Existen fórmulas intermedias que ya se están aplicando, como encarecer el dinero que el BCE se ve obligado a prestar a las instituciones crediticias españolas, o comisiones especiales al “euro español”, pero abaratar o encarecer el dinero a la burbuja piramidal no ha librado nunca al acreedor atrapado. Entregar una tarjeta sin límite a un desaprensivo socio es sinónimo de rotura societaria.