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José Javier García Pena desde Uruguay
Sada Digital es mucho más que una mera página informativa local.
Se ha convertido, por mérito propio, en el nexo cálido que necesitamos, muy especialmente, los sadenses que estamos lejos.
Hoy leo en su querida portada, una escueta nota que podría pasar desapercibida por lo rutinario del tema a tratar: la remodelación de un tan antiguo como emblemático barrio de Sada.
Nada de particular puede tener el “aggiornamiento” del suministro de agua corriente, canalizado de pluviales o soterramiento de conductores eléctricos y remozado de su pavimento.
Nada de ello podría tener importancia más que para aquellos vecinos que se verán directamente beneficiados con estas mejoras.
Nada podría justificar estas palabras si ese barrio no se llamase A Tenencia ni yo fuese Javier, o do Lameiro.
Tal vez no sea bien visto, en estos tiempos de constante estreno de bienes, desde un auto a los trapos que nos visten, darle trascendencia a esos lugares gratos y humildes, que nos formaron.
Tal vez no queramos, por soberbia y vergüenza mal entendida, que nuestros semejantes sepan que algún día sólo la solidaridad de quienes eran tan faltos de recursos como nosotros nos permitió sortear la escasez de crudos inviernos.
Tal vez estemos tan endurecidos por la ilusión de la prosperidad sanitaria, que hoy llega raudamente apenas apagamos el móvil, que prefiramos creer que nunca hemos “petado” en la puerta de algún vecino, con un hijo consumido por la fiebre.
Tal vez yo sea un iluso que aún cree que no vale la pena vivir sin los valores que nos hermanaba y asemejaba a nuestros vecinos , cuando éramos mucho más comunicativos que ahora, a pesar de estar , hoy, más “comunicados” por la bienvenida tecnología.
No importa. No siento vergüenza al decir que conservo como un tesoro el gratísimo recuerdo de mi barrio nativo de A Tenencia, de su casa marinera, con redes, con olor a alcanfor de la ropa de Nueva York, cuando, aún, no se consideraba un desdoro el usar ropa decentemente usada. Y zurcida.
El inigualable recuerdo de mi casa, decía, de la calle General Sanjurjo Nº 8. pero sobre todo de sus gentes. Mis hermanos.
Son las personas, y no las casas, las que dan carácter y valor a los barrios.
¿Os imagináis las casas, los barrios sin su gente?
Cascarones sin destino.
Los barrios los hace el reír y reñir de los niños, el cantar de una moza en su ventana, una radio que se escapa desde un balcón e inunda al callejón de Venus, el canturreo gangoso de un marinero borracho…
Un barrio tiene nombres propios, o mejor aún: apodos.
En aquella Tenencia toda familia tenía su apodo.
¿Te imaginás el orgullo, sorpresa y regocijo al escuchar a doce mil kilómetros de tu cuna, a orillas de un mar, que no lo es, el bendito apodo que te designa como miembro de un clan y que vos sabés, sin duda, que se refiere a ti? -¡Pero, si son os fillos do Lameiro!- Sonó a gloria.
¡Sí, alguien te reconocía nada menos que por tu sello personal: tu apodo sadense, tan tuyo como tu ADN!
Y ese auténtico valor, que no tiene precio ni necesito cambiarlo todos los años, se generó, para mi más profunda satisfacción, en el corazón de la Tenencia.
Ahí se mezcló, para siempre, con otros queridísimos apelativos que enriquecieron a mis sentimientos y me acompañaron y acompañarán hasta el final.
Ellos me mantuvieron a flote en los peores y mejores momentos.
A ellos recurrí siempre que los necesité y, a diferencia de algunas personas, jamás me fallaron.
Su calidez está entretejida con nombres inolvidables de personas y rincones que son parte de mí.
Angelita da Pintora, o Relleno con los corros de niños cantando: ¡ Río verde, Rio verde!, a Barrosa, o lugar donde se “encascaban” as redes, Manolo do Bombo, el olor a “chapapote”, el barco de mi padre, a tenda de don Manolo y doña Elvira, el coco de los “chupasangres”, os Coiros o Rosaveles, a Rabela, o Trullo, Pepiño da Rabela…, o bar Miramar, Bilí- Bilí, o Chochorizo, Cadito da Habanera, Setecachas, Zapatilla, os de Monzo, o Pedregal… ¡ eu qué sei cantos máis!
Soy consciente de que puedo ser injusto al nombrar a unos y posiblemente olvidar a otros, pero todos, los recordados y los no, contribuyeron a hacer de mi el ser agradecido que quiso lograr mi madre, gallega y sadense. Y de la Tenencia.
Gracias, Sada, por mantener y embellecer a nuestro entrañable e inolvidable barrio.
Gracias, Tenencia, por infundirme tu ternura y la solidaridad de tus buenas gentes.
Tu calidez me acompaña.
Gracias, Sada Digital, por ser el invalorable puente de los más puros sentimientos, a través del tiempo y la distancia.
José Javier García Pena, o Lameiro da Tenencia
Escrito hoy 21/10/09. Uruguay